Saramago y las Finanzas de lesa humanidad

Hola a todos. Aquí estamos de nuevo, luego de un respirito en las sierras.
Encontré un texto en mis lecturas de vacaciones que me estremeció. Saramago no es alguien con quien concuerde en muchas cosas, pero es de esos por quienes profeso una profunda admiración y ante quien me saco el sombrero.
Este artículo expresa unas cuantas ideas que uno tiene en la cabeza, pero que no las tiene en claro hasta que las escribe una persona como José Saramago. Esta columna de opinión fue publicada en la Revista Ñ del 1/11/2008. Perdón por lo antiguo, pero lo encontré en estos días. Desgraciadamente lo aquí escrito sigue vigente.

Finanzas de lesa humanidad

El escritor y ensayista José Saramago reflexiona en este artículo sobre el origen de la crisis financiera en ciertos delitos nunca investigados. Y sobre el impacto que tendrá el crac en los países del Tercer Mundo.

La historia es conocida, y, en aquellos tiempos antiguos en que la escuela se procla­maba educadora perfecta, se le enseñaba a los niños como ejem­plo de la modestia y la discreción que siempre deberían acompa­ñamos cuando el demonio nos tentara para opinar sobre lo que no conocemos o conocemos po­co y mal. Apeles podía consentir que el zapatero le apuntase un error en el calzado de la figura que había pintado, por aquello de que los zapatos eran su oficio, pero que nunca se atreviera a dar su parecer sobre, por ejem­plo, la anatomía de la rodilla. En suma, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. A prime­ra vista, Apeles tenía razón, el maestre era él, el pintor era él, la autoridad era él, mientras que el zapatero sería llamado cuando de ponerle medias suelas a un par de bolas se tratase. Realmen­te ¿hasta dónde vamos a llegar si cualquier persona, incluso la más ignorante de todas, se permite opinar sobre lo que no sabe? Si no tiene los estudios necesarios es preferible que se calle y deje a los sabedores la responsabilidad de tomar las decisiones más con­venientes (¿para quién?).

Sí, a primera vista Apeles tenía razón, pero solo a primera vista. El pintor de Felipe y de Alejandro da Macedonia, con­siderado un genio en su época, ignoró un aspecto importante de la cuestión: el zapatero tenía rodillas, luego, por definición, era competente en estas articulaciones, aunque fuera solo para quejarse, si ese era el caso, de los dolores que sentía. A estas alturas, el lector atento ya habrá entendido que no es de Apeles ni del zapatero de lo que se tra­ta en estas líneas. Se trata, sí, de la gravísima crisis económica y financiera que está convulsio­nando el mundo, hasta el punto de que no podemos escapar a la angustiosa sensación de que llegamos al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a conti­nuación, tras un tiempo intermedio, imposible de predecir antes de que se levanten las ruinas y se abran nuevos caminos. ¿Cómo lo hacemos? ¿Una leyenda antigua para explicar los desastres de hoy? ¿Por qué no? El zapatero somos nosotros, todos nosotros, que presenciamos, impotentes, al avance aplastante de los grandes potentados económicos y finan­cieros, locos por conquistar más y más dinero, más y más poder, con todos los medios legales o ilega­les a su alcance, limpios o sucios, normalizados o criminales. ¿Y Apeles? Apeles son, precisamente, los banqueros, los políticos, las aseguradoras, los grandes especu­ladores que, con la complicidad de los medios de comunicación so­cial, respondieron en los últimos treinta años, cuando tímidamente protestábamos, con la soberbia de quien se considera poseedor de la ultima sabiduría, es decir, aunque la rodilla nos doliera, no se nos permitía hablar de ella, se nos ridiculizaba, nos señalaban como reos de condena pública. Era el tiempo del imperio absoluto del Mercado, esa entidad presuntamente auto reformable y auto regulable encar­gada por el inmutable destino de preparar y defender para siempre jamás nuestra felicidad personal y colectiva, aunque la realidad se en­cargase de desmentirlo cada hora que pasaba.

¿Y ahora? ¿Se van a acabar por fin los paraísos fiscales y las cuen­tas numeradas? ¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios, de ingenierías financieras claramente delictivas, de inversiones opacas que, en muchos casos, no son nada más que masivos lavados de dinero negro, de dinero del nar­cotráfico? Y ya que hablamos de delitos: ¿tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que está sacudiendo nuestras casas, la vida de nuestras familias, o nues­tro trabajo? ¿Quién resuelve el problema de los desempleados (no los he contado, pero no dudo de que ya son millones) víctimas del crash y que desempleados seguirán du­rante meses o años, malviviendo de míseros subsidios del Estado mientras los grandes ejecutivos y administradores de empresas deliberadamente conducidas a la quie­bra gozan de millones y millones de dólares cubiertos por contratos blindados que las autoridades fis­cales, pagadas con el dinero de los contribuyentes, fingen ignorar? Y la complicidad activa de los gobiernos ¿quién la demanda? Bush, ese producto maligno de la naturaleza en una de sus peores horas, dirá que su plan ha salvado (¿salvará?) la economía norteamericana, pe­ro las preguntas a las que tendría que responder están en la mente de todos: ¿no sabía lo que pasa­ba en las lujosas salas de reunión en las que hasta el cine nos ha hecho entrar, y no solo entrar, hemos asistido a la toma de decisiones criminales sancionadas por todos los códigos penales del mundo? ¿Para qué le sirven la CÍA y el FBI, además de las de­cenas de otros organismos de se­guridad nacional que proliferan en la mal llamada democracia norteamericana, ésa donde un viajero, a su entrada en el país, tendrá que entregar a la policía de turno su ordenador para que éste copie el respectivo disco duro? ¿No se ha dado cuenta el señor Bush que tenía al enemigo en casa, o, por el contrario, lo sabía y no le importó?

Lo que está pasando es, en todos los aspectos, un crimen contra la humanidad y desde esta perspectiva debe ser objeto de análisis, ya sea en los foros públicos o en las conciencias. No exagero. Crímenes contra la humanidad no son sólo los geno­cidios, los etnocidios, los campos de muerte, las torturas, los asesinatos selectivos, las hambres deliberadamente provocadas, las contaminaciones masivas, las humillaciones como método represivo de la identidad de las víctimas. Crimen contra la humanidad es el que los poderes financieros y económicos de Estados Unidos, con la complicidad efectiva o tácita de su gobierno, fríamente han perpetrado contra millones de personas en todo el mundo, amenazadas de perder el dinero que les queda después de, en muchísimos casos (no dudo de que sean millones), haber perdido su única y cuántas veces escasa fuente de rendimiento, es decir, su trabajo.

Los criminales son conocidos, tienen nombre y apellidos, se trasladan en limusinas cuando van a jugar al golf, y tan seguros están de sí mismos que ni siquie­ra piensan en esconderse. Son fáciles de sorprender. ¿Quién se atreve a llevar a este gang ante los tribunales? Todos le quedaríamos agradecidos. Sería la señal de que no todo está perdido para las personas honestas.





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